Cintio y Fina, en el peplo misterioso de la poesía

Ahora que estamos celebrando el centenario de una de nuestras sólidas columnas patrimoniales de la cultura, evoco con nitidez aquel 22 de diciembre –Día del Educador– de 2004 cuando recibí el Premio Uneac, pues entre tantas personalidades ilustres, Fernando Alonso, por ejemplo; se hallaban asimismo en primera fila, en el acto de premiación, Cintio y Fina, a quienes saludé con cierto misticismo.

Recuerdo que me felicitaron en voz muy baja como si José María hubiese recorrido, con suavidad solemne, sus dedos sobre el teclado del piano. La impresión fue muy fuerte, porque no siempre se tiene la dicha de apretar las manos de quienes han llenado de poesía la tierra donde han nacido.

He admirado con el mismo cariño y vehemencia tanto a uno como a la otra. Cuba ha engendrado, como pocos países en el mundo, un abanico de poetas, que alcanza para vivir un milenio más; gracia divina de una nación bendecida por dos mares y por la trasmutación de civilizaciones que nos salva de cualquier hendidura.

De Cintio, su obra lírica abarcadora y promovida hasta el infinito; sus narraciones que nos muestran a un creador incansable; sus ensayos, expresión de un intelectual orgánico, comprometido con el acervo cultural de un país de vanguardia; sus ediciones críticas admirables por la evidencia de una erudición fabulosa, capaz de convertir en letra dorada todo lo que con sus prodigiosas manos de artista de la palabra rozó. Hay que acercarse a todo lo que construyó con su inteligencia proverbial y con la colaboración imprescindible de su otra parte, el trabajo en equipo con su esposa Fina García-Marruz, martianos ambos hasta la médula, que nos desentrañaron a un Martí donde el misterio de su genio y de su ética sigue iluminando el camino que no debemos extraviar.

Todo de Cintio me parece inabarcable, insondable a veces en su poesía, pues como afirmara el abogado, escritor, crítico literario y ensayista español Ricardo Gullón estamos ante una lírica ambiciosa que busca la sustancia, la esencia de realidades que no le basta conocer exteriormente; su estilo –Vitier mismo lo dijo– es «de penetración de la escondida realidad». Los signos que importan a tal poesía no se hacen visibles y es preciso captarlos en un rumor, en un silencio, en un olvido, para reconstituir sobre su gracia el edificio de los claros sueños, las sombras desnudas, las presencias secretas.

Pero donde mejor descubrí al hombre, vuelto esposo y amante formidables, fue en ese texto capaz de despertar un abanillo de sentimientos que trasciende al varón común, A mi esposa.... Demasiado amor, demasiada intimidad, demasiado hombre deseando a su mujer, perdido en ese «polvillo sagaz» de su «nocturno pelo». Un amor que el tiempo no pudo demoler, porque fue cimentado como esas fibras de las poderosas cañas de bambú, que soportan todas las tempestades, todas las violencias de los años y eternamente se yergue sobre las fuerzas que solo el dolor y el paso resignado del tiempo ofrecen al hombre honrado y viril.

Cintio decide, en el preciso momento que su amor ha madurado porque «estaban engendrándolo secretamente en nuestro corazón», hacerle un canto de amor, un homenaje a ese sentimiento que una esmeralda, ya pulida por los avatares de la vida, le ha entregado de mujer entera: Te amo, lo mismo/ en el día de hoy que en la eternidad, / en el cuerpo que en el alma, / y en el alma del cuerpo,/ y en el cuerpo del alma,/ lo mismo en el dolor / que en la bienaventuranza,/ para siempre.

Gracias, Cintio, por tu amor infinito a la humanidad y a esta Cuba, a la que te entregaste en cuerpo y espíritu. Tú, como el Apóstol que tanto amaste, eres parte ya de ese sol del mundo moral, cuyos destellos nos dan un baño de luz.

(Tomado de Granma)

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