19 de noviembre de 2017, La Habana

Crítica

Una fecha para no olvidar: En el imaginario colectivo el 11 de septiembre ha pasado a ser una fecha de pérdida y dolor tras los ataques terroristas perpetrados contra las torres gemelas, en New York, en 2001. Sin embargo, hoy, voy subrayar otra partida, quizás más íntima por ser nuestra, quizás más cuestionable por haber sido provocada por propio designio dejándonos incógnitas y la terrible sensación que acompaña ciertos gestos incomprendidos, amargos. Se trata de la artista cubana Belkis Ayón Manso (1967-1999).

Para nosotros, hastiados del tumulto y las malas noches, llegar a Alamar (tierra de promisión) significaba, entre otras cosas, el poder constatar que aún existía un lugar pleno, desprovisto de odios y traiciones; un castillo donde podíamos ejercernos en la mayor y más nítida tranquilidad espiritual. Entonces aparecía Belkis con sus ojos descomunales de diosa egipcia, nos hacía entrar, y ya nadie osaba desprenderse de su espíritu, y nos quedábamos colgando cómodamente de su sonrisa, de su contagioso optimismo.

No me parece insólito que sea una mujer. Que sea de nuevo una mujer. Que esa mujer ahora se llame Belkis (y no Sikán o Sikanekue) no cambia para nada las cosas. Ni que resulte algo distinto el escenario, el tiempo, los detalles. La historia vuelve a ser idéntica. A repetirse. Incesantemente. Como en los inicios del mito, es necesario que aparezca de nuevo una mujer. ¿La misma? ¿Otra? Quizás resulte indiferente. Todo religioso lo sabe.