18 de noviembre de 2017, La Habana

Encuentro con Belkis: propuesta para salvar el silencio

11 de septiembre de 1999
Antonio Martorell

Muy buenas tardes amigas y amigos de Belkis Ayón. No es fácil para mi hablar en esta maravillosa ocasión, en este Espacio Ayón que por fin es, y que como tal debe permanecer para su re-creación en el imaginario de futuras generaciones, espacio que provoca en el espectador una experiencia de lo sagrado en lo humano, de lo bello de la mano de una artista, de Belkis y en nosotros.
Escribí primero en tierra boricua, que ella privilegió con su presencia, luego en el aire sobrevolando el Mar Caribe y aquí en La Habana frente a la obra que nos contempla con ojos que no dan tregua alguna algo que tiene intención de ser carta, amago de conversación, perfil de testimonio y vocación de confesión.
Sin más preámbulo, Les leo:

Querida Belkis:

No recuerdo haberte escrito antes. Ni correo regular ni electrónico. Nuestra comunicación siempre ha sido verbal y de frente, ni siquiera telefónica, ojo a ojo y sonrisa a sonrisa porque era imposible mirarnos y no sonreír, tan felices hemos estado de nuestros encuentros consecuentes en la más ennoblecedora de las empresas: el trabajo creador tan individual como colectivo, tan de magisterio como de aprendizaje.
Por eso hoy, que me solicitaron hablar de ti en esta antológica exposición de tu obra visionaria, me vino, con el alegre fogonazo de tu mirada, la urgencia de hablarte de nuevo  y de viejo, de hoy, de ayer, y de mañana. Te escribo y ahora te hablo aquí desde este franciscano pasado pero también desde la luminosa noche en la Playa de Ponce, nuestra conversación nutrida por las voces cantarinas, más que melodiosas, rítmicas de coquíes, grillos y aves nocturnas que no logro identificar. A tí sí te identifico aún dentro del barullo tropical que nos rodea y que llevamos dentro donde quiera que vamos.

Después de tu partida se me ha hecho muy difícil hablar de ti sin sollozar. El nkame que preside y prologa esta muestra y la titula viene al caso citar:

“No te acuerdes en tu sueño
de ninguno de tus hermanos
que lloran tu ausencia.”

Por eso, entre otros factores, estoy poniendo por escrito este intento de conversación contigo y con tu obra. Sé que tú me ayudarás, que no me harás quedar mal, como nunca has hecho quedar mal a tus compañeros que somos muchos y que habitamos diversos lugares donde hemos recibido con consecuencia ejemplar tu estímulo, apoyo y entusiasmo, Maestra Belkis. Y también tu rigor, disciplina y debida corrección cuando fuera necesario. Así es, que si me paso, deténme, compañera y si me detengo, empújame.
Pero, por favor, no me detengas cuando señale tus logros y virtudes, pues aunque todos conocemos tu modestia, es justo que me permitas reconocerte cuánto te debemos. Estoy aquí hablando como amigo, como colega y compañero, lejos de pretender un discurso sosegado porque ni tú ni yo somos sosegados. Más bien la desesperación por hacer, la pasión por el compromiso creador, por el trabajo que aúna voluntades y provoca inquietudes, la visión crítica, el evidenciar el misterio, más que resolverlo, el perdernos en el éxtasis reiterado del proceso para poder encontrarnos, prestos al salto y al asalto de una nueva verdad, ha marcado, ha estampado la huella múltiple de nuestro destino.
Me asombra descubrir que tenías tan sólo treinta y dos años cuando te fuiste. Yo siempre te he considerado mi par y ahora tan tarde, me doy cuenta de que o yo te hacía más vieja, o yo me sentía más joven a tu lado. Y que pudieras hacer tanto y tan bien en esos diez años de madurez expresiva sería increíble si no tuviéramos aquí la evidencia.
Debo decir que de ti tan sólo puedo dar testimonio de luz, de transparencia. Lo único oscuro de tu persona que conozco es el color de tu piel y las tintas profundas de tus grabados. Y aún en ellas, la luz se empeña de modo heroico en atravesar las tinieblas, el blanco de los ojos nos conduce - y a veces la pupila incandescente devolviéndonos la mirada - por el camino de esa rugosa y tentadora superficie, la piel geológica que invita a la vez que inhibe el tacto amoroso, la mano conocedora.
Porque todo en ti es piel que desea y que rechaza. Escamas, plumajes, aristas, espinas, hojas, lianas, flechas, rayos, estrellas y chifles erizan el papel como un océano que en cualquier momento puede tornarse tormentoso y revelar amenazantes profundidades. Tus superficies sólo aparentan serlo. Siempre hay algo subyacente y subversivo que aflora a ratos para volver a sumergirse cual tímida serpiente marina que con tenebroso pudor oculta sus encantos.
Tu primer encuentro con el papel debe haber sido cauteloso, hasta que cobraste confianza y supiste de modo visceral que iba a ser tuyo, que ya no habría secreto entre ustedes, aunque juntos tú y él crearían el gran secreto, el silencio, el silencio revelado entre mano y pulpa extendida, tinta y rodillo, ojo y navaja.
Parece ser que estabas predestinada a darle un nuevo significado al término gráfico llamado “a la manera negra” y que tu conspirativa oscuridad con el papel, mediando la tinta, nos conduciría a una nueva claridad, a portentosos atisbos del misterio.
Nunca te pregunté, en tantos encuentros signados por la confianza de una amistad sin barreras, qué significaban tus estampas. No sólo no hacía falta sino que hubiera sido una falta de respeto a tu trabajo, a tu persona y a la mía. Ambos sabemos hace tiempo que hay preguntas que jamás se formulan y hay contestaciones que huelgan, inservibles, enajenantes, máscaras voluntarias o involuntarias del querer.  Y para máscaras las que pueblan el mundo de papel que nos has legado, el espacio sagrado del silencio tan pleno en sí que apabulla alejando todo barullo, como el silencio del mar cuando es profundo.
Quizás por eso muchos de tus grabados semejan naves, puertas y catafalcos, altares y portales, umbral umbrío adonde cuesta asomarse, lugares de reverencia y penitencia, de obediencia y silencio, de acallada rebeldía. Intimida tu espacio, Belkis, tu Espacio Ayón tan envolvente, tan cerrado y apartado como una confidencia que se queda en el susurro ininteligible, en la promesa expectante Por eso tu viaje del color al blanco y negro, del sonoro cromatismo de tu primera cena al intento de diálogo asordinado, de plata bruñida en la más alta soledad de la noche para derramarse generosa inundando de penumbras la producción de tu década más oscura y brillante, sigue deslumbrándome esta tarde confrontándome finalmente con tu espléndida “Resurrección”. Qué sabiduría la tuya, cuan gráfica en la mejor tradición de economía de medios utilizada para obtener máximos resultados, que optaras por la matriz del grabado, por su oscuro origen para iluminar el papel y poblarlo de signos enigmáticos y graves.

Esta temprana decisión por  adoptar el múltiple, y en especial la colografía, como tu medio exclusivo de expresión remarcó tu vocación comunitaria y magistral, tu necesidad de un vehículo pictográfico multiplicador y democratizante. La paciente elaboración de la matriz, el corte y recorte, pegamento, recubrimiento impermeabilizador, entintado en niveles, limpieza y bruñido de infinitas partículas que cual escamas de esos peces y serpientes que flotan y reptan por tus superficies componen y descomponen el plano, configuran dimensiones ambiguas donde el ojo del espectador curioso a veces no logra distinguir qué está delante o detrás, que está arriba o qué está abajo. Porque desorienta esta inmersión en tu imagen como si nos zambulléramos en tus grabados y al abrir los ojos perdiéramos de vista el horizonte, desapareciera el norte.
¿Pero acaso no te sumergías tú, no te lanzabas de cabeza en todo proyecto comunitario sin otro interés que el servir como lo hiciste en todos los talleres que trabajé en La Habana trayendo a tus estudiantes de San Alejandro a compartir nuestros mutuos aprendizajes? Y tus consecuentes intervenciones en la UNEAC, en Casa de las Américas, en el ISA, en la Huella Múltiple, en la Universidad, en el Taller Experimental, para mencionar sólo algunas, ¿no son evidencia generosa de una entrega indiscriminada a un oficio, el arte y a un pueblo, Cuba, que lo necesitaba y lo necesita?
Desde tus primeros ensayos gráficos percibo una intención tanteante primero en tus rejas ornamentales, tejados y vitrales, sillas y persianas y luego de creciente audacia en cubrir la totalidad de la superficie, apropiártela cual un artista del tatuaje al primer encuentro con una piel invitadora. Cubrir de signos esa fresca superficie, ganártela palmo a palmo, entintando cada vez más sus profundos recovecos en una cópula multiplicada y multiplicadora, desentrañando secretos para mejor ocultarlos. El papel creció hasta convertirse en muro rebasando marco y vidrio en afán arquitectónico de totalidad claustral de tal modo que frente a muchas de tus obras nos sentimos parte oficiante de un ritual que desconocemos, pero que no obstante, somos elemento integral de él, feligreses involuntarios pero agradecidos de ser tocados por una gracia que desafía el entendimiento.

Nadie pensaría que detrás de esa franca y resplandeciente sonrisa que te caracteriza, de esa figura plena de caribeña abundancia que apenas contenían los pantalones Pitusa elásticos marca Bongo que comprabas en San Juan, se pronunciara tan elocuente silencio. Parlanchina amiga de boca generosa, en tu obra icónica no figuran los labios, jamás asoman dientes y lengua mientras que los ojos, cuando no están vendados, nos persiguen imantados a los nuestros como si ellos fueran las bocas videntes y decidoras que la grabadora nos niega. ¿Será ésta una seña, un guiño abierto de quien sabe mirar más allá de las apariencias, ojos donde revelación y rebelión se anuncian con blancura hiriente?
No soy conocedor en absoluto de los mitos y creencias de la religión y sociedad secreta Abakúa y este desconocimiento lejos de impedirme una apreciación de tu formidable creación me vincula más a ella y las pocas pistas que tengo de ese mundo, cuando en ocasiones dejabas caer un comentario o cuando me han llegado de otras fuentes no me provocan a conocer más. Es como si tu vocación de secreto en contradicción con tu necesidad de comunicar, el secreto propio, el de tu entrañable persona y el de los misterios a los cuales te asomabas y confrontabas suscitaran en mi una insólita discreción bastante ajena a mi confesional naturaleza, un querer no saber para no tener que decir. Porque tú tienes la rara virtud de comunicarme el silencio, tú, que cuando nos reíamos, entre los dos y con nuestro amigo Humberto armábamos un escándalo cubano-boricua de irreverentes proporciones. Quizás por eso, cuando antes, mucho antes de escribir estas líneas me solicitaron un título para consignarlo en el programa, sin pensarlo dos veces dije: “Encuentro con Belkis: para salvar el silencio”.
Propuesta ambigua, se me ocurre ahora, pues puede interpretarse tanto para trascender el silencio como para preservarlo. Y no se limitaba el alboroto a nuestros encuentros festivos. El taller colectivo, de la cual fuiste maestra ejemplar era también un encuentro rumboso pleno de sonrisas, chistes, bromas y sobre todo tu risa contagiosa, tus exagerados y paródicos gritos al llamar al trabajo y la disciplina riéndote de ti misma y de todos nosotros, hermanados como estábamos y estamos en el juego creador. En la Huella Múltiple también estaba incluida tu risa, tu aliento multiplicador.
Porque el juego está en el quehacer. Luego la obra se impone, cobra vida propia, ya no pertenece al creador. Pero tu obra tiene múltiples y complejos significados. Nos ha tocado en suerte y en desgracia una época donde la cantidad, variedad y calidad de la producción plástica es extraordinaria. Sin embargo, mucho de este arte no pretende significar para el otro. Podríamos decir, en este sentido, que es arte insignificante. Nada más lejos de la obra que contemplamos. Aunque muchos de los signos impresos en tus colografías sean herméticos, la belleza impactante del todo nos conmueve y se presta a infinitas lecturas.

Las pieles tatuadas, la transparencia u opacidad de los cuerpos, la infantilización de los genitales en las figuras masculinas, las intersecciones y espirales de cuerpos y naturaleza, luz y sombra, lleno y vacío, las manos como escudos, el  rostro como máscara, fauna y flora nos hablan con palabras en blanco, negro y gris, palabras calladas, pero no por eso, menos palabras. Y frente a ellas hoy me viene a la piel erizada la memoria ritual, el espacio de lo sagrado. En mi tardía infancia y temprana adolescencia mi fé católica tanto como mi vocación histriónica me condujeron al altar mayor de mi iglesia parroquial a servir de monaguillo. Allí en ese alto y sacro escenario, entre nubes de incienso, cálices de oro y plata, el color y el olor del vino de consagrar, casullas de encaje blanco y sotanas bermellón, recitaba en latín las divinas palabras de las cuales desconocía el significado, con un fervor rayando en éxtasis.
Al estar en presencia de este Espacio Ayón, como cuando por primera vez contemplé estos sobrecogedores grabados, las divinas palabras en latín con si incomprensible gravedad vuelven, ya no a mis oídos sino a mis ojos convertidas en signos conmovedores, en emotivos atisbos de algo que me trasciende y me conduce por caminos ajenos a la razón, resistentes al análisis. Vuelvo a sentirme en presencia de lo sagrado, de lo inefable y me entrego confiado a un viaje guiado por tu mano sabia, Belkis, sin temor frente al misterio, vestido de belleza. La belleza de lo sagrado, lo sagrado de la belleza.

Y si necesitáramos de señales de tránsito en este camino que juntos recorremos tú, yo y quienes nos acompañen bastaría con tus títulos que unidos componen un poema:

Desasosiego
Hay que tener paciencia
Temores infundados
El acoso
La intolerancia
Añoranza
Revelando la honda herida
Sólo sé que te amo
Déjame salir
Vindicta
Quédate
Adiós
No te vayas
Siempre vuelvo
Consagración
Desobediencia
Resurrección


11 de sept. 09
La Habana, Cuba

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