19 de septiembre de 2017, La Habana

Belkis Ayón: el privilegio de la permanencia

4 de febrero de 2015
Cristina Figueroa

Como suele ocurrir en los homenajes, es inevitable referir alguna anécdota, el primer encuentro o aquella enseñanza que nos legó esa persona especial. Un homenaje a Belkis no puede ser distinto, pues dejó mucho entre nosotros, incluyendo aquello que en vida no le dio tiempo. Por eso me permito empezar este texto con una anécdota: mi pequeño homenaje.

En el año 1994, mi madre Cristina Vives junto a José Veigas, Dannys Montes de Oca y Valia Garzón, se afanaban en uno de los proyectos más ambiciosos y sin precedentes en nuestro medio cultural, la publicación de “Memoria”, una suerte de enciclopedia del arte y los artistas cubanos del siglo XX. Desde esa época nuestra casa de la calle 17 en El Vedado siempre estaba llena de artistas, escritores y amigos que, en amenas tertulias, se reunían para discursar sobre la vida, a veces de política, pero fundamentalmente sobre arte.

Imitando una idea de Veigas, guardaba yo un cuaderno de dibujos donde pedía a los artistas que durante esas largas jornadas se entretuvieran garabateando en él lo que quisieran. Así reuní poco a poco algunos dibujos de Ibrahim Miranda, Los Carpinteros, Abel Barroso, Tonel y Fernando Rodríguez, entre otros amigos, los que hoy constituyen parte de mi tesoro personal, pero de Belkis nunca. “Otro día”, me decía siempre, evitándome con su cautivadora sonrisa. Tiempo después pude comprender lo que mi niñez y desconocimiento no me permitían entonces, su constante negativa respondía a una limitante técnica y no de voluntad: Belkis no sabía dibujar.

No podía entender que un “dibujito”, como le decía, le resultara difícil. Para ella la creación necesitaba de un largo y muchas veces tormentoso proceso de estudio, meticulosa ejecución y en el caso más extremo, desestimación. Esta misma necesidad de cuestionarse cada paso, replantearse la idea una y otra vez hasta lograrla, fue la que la condujo de manera natural y lógica al magisterio. Para Belkis lograr la permanencia del grabado y contemporaneidad era una responsabilidad que debía trasmitir a través de las aulas.

Es necesaria una convicción y dedicación extrema para aunar armónicamente carrera personal y enseñanza. Belkis supo llevar ambas magistralmente. Por esto se ganó el respeto no sólo de sus amigos y compañeros de oficio, sino de los alumnos. Hoy es difícil encontrar a algunos de ellos, ya graduados y con pródigas carreras, que no iluminen su mirada cada vez que la mencionan. El privilegio de la permanencia es mérito de pocos. En Belkis fue un derecho.
Gracias a todos aquellos que la quisieron, su figura como artista o como pedagoga nunca necesitó ser “rescatada”, sería más acertado decir que siempre ha sido “conservada”. Belkis no ha dejado de estar entre nosotros y muchos de los que se formaron bajo su tutela reconocen aún sentirse influidos ante una mirada exigente que les pide sacrifico y disciplina.

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